El misterio del vino del diablo

Aquellos vinos espumosos con los que brindamos en las celebraciones nacieron por casualidad, como seguramente ocurrió también con el vino tranquilo o tradicional  al fermentar unas uvas en algún recipiente convirtiéndose en una bebida que alguien probó y de la que quedó cautivado. Pero el vino espumoso, popularizado en el siglo XVII, surgió de la fermentación del vino dentro de la botella que provocaba, además de burbujas, su estallido. Aquellos que asombrados lo presenciaban o que se encontraban el vino derramado y la botella hecha añicos lo denominaban “el vino del diablo”.

El monje benedictino Pierre Pérignon, responsable de la producción de vino en la abadía de Hautvillers, se sintió maravillado por este líquido. Cuenta la leyenda que, al probarlo, dijo que estaba bebiendo estrellas. El monje, con sus investigaciones, consiguió dominar las burbujas elaborando un vino espumoso de ensamblaje con la  mezcla de diferentes uvas embotellado en un vidrio mucho más resistente con un nuevo tipo de tapón, de corcho.

Su aceptación y popularidad fue tal que, hasta el mismísimo Rey Sol Luis XIV, pedía a la abadía el vino de color pajizo del Padre Pérignon. El misterio de las burbujas de ese vino del diablo se mantuvo nada menos que dos siglos, hasta que Louis Pasteur estudió la fermentación a mediados del siglo XIX adentrándose en las reacciones químicas y microbiológicas que las levaduras causaban transformando el azúcar del mosto en alcohol.

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